Me ayudo a tientas. A veces en la oscuridad he visto tan claro que me he creído un búho. Y cuántas veces me he despertado sin querer despegar los ojos, o sin poder.
Había días, horas largas que me empeñaba en entrelazar con mi mente ardiendo, mi pecho galopando y temblores en las piernas y en las intenciones de seguir adelante. Horas que si pasas en soledad te haces fuerte, sí, pero con el terror de no saber ni cómo ni cuándo las pasarás. Y, sobre todo, qué está pasando con quien te mira y ni sabes quién es... y que necesita que la mires.
Un día me fuí. No sé cuánto. Y me dirijí a la calle, ya con algo de conciencia, para respirar.
Entonces comprendes que ya traspasado el umbral, regresar es fácil. Y te mueres por pedir ayuda.
De lo mejor que he hecho en la vida.
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